Traducciones en español

ENTRE AMERICANOS

 

América se come

Los Ángeles (California)- Ni siquiera se paran frente a las fauces de King Kong, a los tiroteos de Corrupción en Miami y a los lloriqueos de E.T., que siempre quiere volver a casa y, al parecer, todavía no lo ha logrado. Los americanos se destacan también en los Estudios de la Universal de Hollywood, donde a los turistas de todo el mundo los mandan de un lado para otro. Ninguno come igual que ellos. Ninguna otra parte del mundo demuestra la misma glotonería harta, metódica e implacable. Ninguna nación, excepto América, sabe pasear y al mismo tiempo masticar, catar, picar, hincar el diente en perritos calientestalla gigante y patatas fritas en bolsas super grandes. Muchos de ellos están a régimen, o por lo menos así se supone ya que beben Pepsi dietética. Pero, aunque se trate de Pepsi dietética, con los ojos inocentes como un niño de vacaciones, se tragan vasos que parecen cubos.

En concreto, cuando se habla de americanos y de comida, el adverbio-clave no es tanto “como” sino “cuanto”. El lema que hay que añadir a la bandera, al lado de las barras y estrellas, estaría compuesto por tres siglas: L, XL y XXL. Para entenderlo sólo hay que dar una vuelta por un supermercado de Long Beach y ver que las bolsas de patatas fritas son tan altas como un niño de cinco años, o bien entrar en uno de los cines de Hollywood. Da la impresión de que a los espectadores no le importa mucho de la película, porque sólo la mediovén, escondidos detrás de impresionantes cartones de palomitas.

La situación no ha cambiado ni siquiera en este período difícil: América está lista para renunciar a muchos pequeños lujos, pero no tiene la más mínima intención de reducir las porciones, ni de renunciar al dulce.

Todos – del Gobernador de California a las actrices filiformes – parecen hipnotizados por el asunto “comida”. Con una pasión tal cual su incompetencia, la nación discute de cocina, ve en la televisión hombrecillos raros que hablan de cocina, compra libros de cocina, describe platos extranjeros que pocos han visto y que nadie sabe pronunciar y, en nombre del flambeado, le pega fuego a todo lo que pilla.

Si consumieran toda la comida de la que discuten, los americanos no serían sólo gordos e incluso obesos, sino que explotarían. Hablar, sin embargo, no engorda. California, que impone a los Estados Unidos las modas que los Estados Unidos impondrán al mundo, se apasiona especialmente a este juego. Entre las últimas manías está el rechazar la cocina francesa, un amor después que duró más de cien años. Hoy en día, en los Estados Unidos, comer como en París se lo considera un desastre para la línea, un peligro para el corazón y una amenaza para la cartera. Esta actitud antifrancesa está provocando sus primeras víctimas: aquí en Los Ángeles los restaurantes Ermitage y La Serre han cerrado, mientras que la reputación del Orangerie está deteriorándose a ojos vista. Hoy, la cocina que se está poniendo de moda es una mezcla entre la italiana, la americana y la japonesa: italiana porque está buena, americana porque es de casa y japonesa porque los dueños de los locales son japoneses.

Hace tiempo, el diario Los Angeles Times sugerió que se añadiera entre los buenos propósitos para el nuevo año este mandamiento: “Piensa en la salud, piensa en tus amigos, mira lo que comes”. Sugerencia inútil porque los americanos no hacen más que eso. El problema es que, después de haber mirado lo que comen, se lo echan a la boca.

La Asociación Americana de Dietética ofrece a las amas de casa consejos como este: “Reprimíos de picar: antes de entrar en la cocina poneos una mascarilla de cirujano”. Fue inútil: se ha calculado que, entre Navidad y Año Nuevo, un americano medio engorda tres kilos. El profesor Robert Bellah de la Universidad de Berkeley, reporta el interesante resultado de un sondeo de opinión. A la pregunta “¿Cuál es el objeto al que nunca renunciarías en vuestra vida?”, la mayoría de los entrevistados respondió: “A mi horno microondas”.

La obsesión americana por la comida es tan grande que una tercera parte de los productos alimenticios a la venta prometen algo relativo a la salud. El Gobierno Federal tuvo que admitir que la situación se estaba volviendo grotesca y decidió intervenir. Por eso, la Administración para los Alimentos y Medicamentos estableció que expresiones como “bajo en grasas” o “ligero” de ahora en adelante significarán lo mismo y que todos los productos deberán estar etiquetados, siempre que sean lo bastante grandes para pegarsela.

La etiqueta contendrá el total de las calorías, las derivadas de las grasas y las totales, los hidratos de carbono totales, los azúcares, las fibras dietéticas, las proteínas, el sodio, las vitaminas, el calcio y el hierro. Las indicaciones indicarán “por porción” y será necesario establecer el tamaño de estas. Será un día importante para la historia de América. De hecho, alguien tendrá que darse cuenta de que la Coca-Cola también se puede servir en vasos inferiores al medio litro y que el idioma inglés dispone de otras medidas a parte de L, XL y XXL.

 

 

Despejado sobre Las Vegas

Las Vegas (Nevada) – Después de dos horas de viaje aparece Las Vegas. Desde los carteles publicitarios, los grandes casinos prometen precios cada vez más baratos y atracciones cada vez más sorprendentes: tigres blancos en el desierto, fuentes en una ciudad sedienta, selvas tropicales en el Estado de la sequía. Otras propuestas llegan por la radio 98.1 FM que aconseja hoteles a los turistas y que cada hora repite las condiciones metereológicas y del tráfico, pero no se entiende por qué ya que nunca cambian: cielo azul, cielo despejado, tráfico reducido.

Durante estos días en Las Vegas se celebra la feria de los productos electrónicos, y en la ciudad pululan representantes y vendedores: exactamente setenta y dos mil. Exponen televisores cada vez mayores y cámaras de vídeo cada vez más pequeñas. Una empresa presenta Transition 2000, “el teléfono que cambia tu voz hasta el punto que ni tu madre la reconoce” (de hombre a mujer, de adulto a niño y viceversa). En los jardines tropicales de pega del hotel Mirage, me paro para hablar con los represenantes de la “SteroStone”, empresa que produce altavoces camuflados de piedra. Aseguran que son impermeables, que se pueden trasformar en fuentes y que se venden bien. Escondo mi sorpresa. Hay muchas cosas a las que se puede renunciar, pero no a una roca en el jardín que canta con la voz de Frank Sinatra.

El año pasado, ferias y congresos atrajeron a Las Vegas a dos millones de visitantes. Veinte millones más llegaron por el juego, las mujeres, las bodas y los divorcios, los cuatro sectores de la industria local, todos concebidos pensando en la naturaleza humana. La decadencia empezó con el sida (que hizo menos populares a las mujeres de una noche), por culpa de otros Estados que ya tienen leyes liberales en materia de divorcio. Quedan lejos ya los tiempos en los que los legisladores de Nevada, con una genialidad jurídica igual a su espíritu empresarial, establecieron que la “crueldad mental” era causa de divorcio para la mujer cuyo marido leyera el periódico en la mesa, o al marido cuya mujer se metiera en la cama con los pies fríos.

En cambio, el juego de azar nunca decae. El cliente americano ya no es el personaje que gasta mucho, arriesga todo y deja deudas tras de sí. Hoy en día, las autoridades locales han estudiado al jugador medio como si fuera un insecto: cuarenta y siete años, blanco, varón, casado, con una renta anual entre veinte mil y cuarenta mil dólares. Ya vino en el pasado a Las Vegas y organizó su viaje con un mes de antelación. Va a quedarse dos o tres noches en la ciudad.

Encontrar a este “americano medio” es fácil y espiarlo es algo maravilloso. Por eso me quedé dos días en el nuevo hotel-casino Excalibur, el segundo mayor del mundo, construido en estilo medieval, con torres y puentes levadizos. Seguí a representantes de comercio de Nueva Jersey que pagaban veinte dólares para hacerse una foto disfrazados de Rey Arturo, y parejas de Texas que compraban un yelmo de plástico y se lo ponían a su hijo. Comí en la Mesa Redonda. Me quedé una media hora mirando el “lanzamiento de la bruja”: al golpear violentamente una palanca con un martillo, la bruja salta por los aires y vuelve a caer en una olla, pero se corre el riesgo de ganar: enormes y sonrientes dragones de peluche azul turquesa esperan al vencedor de turno. Pregunté al Jefe de RR.PP. si el conjunto no resultaba grotesco. Me sonrió:  “Mire usted, nosotros no buscamos la perfección histórica. Sólo queremos que la gente se divierta. Y además, créame, nadie en América sabe cómo es en realidad un castillo medieval.”

Quizás sea verdad. Los clientes no se parten de risa frente a los camareros disfrazados de juglares y no se preguntan por qué en la Aldea Medieval, en el primer piso, estan juntos el Café del Bosque de Sherwood y el Jardín de la Oktoberfest. Antes de partir, intentan con la máxima seriedad extraer la espada de la roca. Los dos primeros intentos son gratis: los premios van de un llavero de plástico a un coche japonés.

Hablo con unos de estos clientes, fingiendo no ver que llevan un puñal de plástico en el cinturón. Aquí, a Las Vegas, se viene para no pensar. Bugsy Siegel, el gánster judío interpretado en el cine por Warren Beatty, lo había intuido cuando, en 1946, decidió construir el primer casino – el Flamingo – en medio del desierto de Nevada. Todavía existe el Flamingo. Ofrecen langosta y solomillo juntos por tres con ochenta dólares. A los americanos, ya se sabe, les gusta asì.

Original: http://www.gregoriosettimo.eu/userfiles/1-Americani.pdf

Los sabihondos

¿Una categoría humana que hay que evitar con atención y de la que hay que escapar como gato escaldado? La de los Doctos Médicos y Sabios, es decir, los que lo saben todo y siempre te lo explican. Tú les das una noticia que puede variar de una cita con el chapista a la llegada de la sonda Cassini. ¿Y ellos? Ya lo saben. Más bien, te la explican mejor y con todo lujo de detalles.

Tú preparas unas lentejas y ellos se entrometen opinando y dando consejos. Tú les cuentas un chiste a tus amigos y ellos te cortan una vez y otra para poner los puntos sobre las íes. Tú les preguntas qué hora es y ellos empiezan por el funcionamento de la maquinaria interna del reloj. Tú les preguntas qué tiempo hace y ellos contestan empezando por el Big Bang. Los sabihondos son esos que, si tienen que comprar un par de zapatos, sacan de quicio a los dependientes.

Yo tuve un novio de esos.

El castigo divino compraba los zapatos y a todas horas les hacia el rodaje en casa para comprobar si eran confortables, pero tapizaba el suelo con papel de periódico para no ensuciarlo. Yo entraba en casa y le decía: “¿Estás dando una mano de pintura?. No. Estaba comprobando los zapatos”. Además, me llamaba “Cielito”. Yo a uno que me llama cielito le doy de estacazos. Cielito díselo a tu jefa, a tu tía Jesusa la del pueblo, a tu profesora de cha-cha-chá, pero no a mí, que como mucho debería ser tu queridísima…

Pero ¿dónde los Doctos Médicos y Sabios dan lo mejor de sí? Sin duda en el restaurante.

En primer lugar preguntan minuciosamente cuáles son los ingredientes de las especialidades de la casa y después discuten de por qué y cómo el cocinero prepara tal plato de tal manera, mientras que ellos lo harían de otra. Además, siempre piden platos quitándoles algo que suele ser básico. El arroz a la milanesa sin azafrán, el carpacho bien hecho sin parmesano y la pizza marinera sin ajo. En conclusión… son un agobio.

¿Qué podemos hacer con esa gente? Como mucho, jugar una partida de Trivial. Obviamente, perdiendo.

Original: http://gruppi.chatta.it/straordinariamente-donne/forum/principale/527901/una-categoria-umana-da-evitare-accuratamente-/tutti.aspx

Varones distraídos, varones pijoteros

 

Según un reciente estudio sociológico llevado a cabo por mí misma sobre una muestra estrictamente personal resulta que la especie humana de género masculino se puede verosímilmente subdividir en dos grandes grupos: los varones distraídos y los varones pijoteros. ¿Cuál es el mejor? Es difícil decirlo.

Empecemos por los primeros: los descuidados, los despistados, los clones de Mister Bean. No necesitarían tanto una novia cuanto una profesora de apoyo. La principal actividad de sus días es perder y olvidar. Van a comprar el periódico y se lo dejan en el quiosco, quitan la radio del coche pero la dejan sobre el techo, tienen un móvil pero se olvidan de encenderlo, pierden las llaves y también el duplicado, la cartera e incluso el carné de conducir, sustituyen la batería del coche una vez al mes porque sistemáticamente se olvidan las luces encendidas y chocan con otros coches muy a menudo porque cuando conducen hacen cualquier otra cosa menos conducir. Además, se hacen daño continuamente. Tropiezan, se hacen torceduras, raspones, se cortan… como niños de teta.

Los varones pijoteros son igual de agotadores. Es más, cronometran cuánto tardan de una estación de peaje a otra, establecen minuciosamente cuánto consume su coche que suele ser un cacharro, apilan las toallas por tonalidad, sacan brillo a las esquinas de los zapatos con el cepillo de dientes, rellenan las páginas contables de la agenda con el dinero que entra y sale, anotando incluso el desodorante y el billete del tranvía, se saben de memoria los días del período de la novia y escriben una P en el calendario para acordarse de los días en los que echaron un polvo. Siempre poquísimos.

El mejor de los mejores es el marido de mi amiga Elvira. Pijotero y maniático de la limpieza. Mientras nosotras comemos, él ya está lavando los platos… que estamos utilizando. Cuando su mujer embarazada rompió aguas, en vez de tranquilizarla la persiguió con la fregona. Cantaba el italiano Alex Britti “Però mi piaci, che ci posso fare? Mi piaci” (Pero me gustas, ¿qué le voy a hacer? Me gustas). Vale. Pero es también verdad lo que me dijo el otro día una amiga mía napolitana: “No por echarle ron a un gilipollas se convierte en un borracho!”.

Original: http://tonykospan21.wordpress.com/2010/02/23/i-maschi-distratti-ed-i-maschi-pignoli-by-littizzetto/

La heroína del terror

Tengo un deseo profundo. Poder ver, por lo menos una vez en mi vida, una película de terror en la que la heroína no sea una imbécil. No digo una película de terror donde la protagonista sea una Premio Nobel, me conformo con una en la que esta no razone como una ameba. En una película clásica el monstruo asesino comienza a perseguir a la desdichada después de algunas primeras escenas. Y nosotros, sin ser estudiantes de Antropología Criminal, lo identificamos ya desde el primer fotograma. En cambio ella, la zopenca, no se da cuenta.

Y pensar que no es muy difícil. ¡Qué casualidad! El maníaco tiene tres manos, dos cejas espesas como matas del Retiro, dos colomillos exagerados y casi siempre ensangrentados, tiene amigos licántropos y se desmaya cada vez que oye pronunciar el nombre de María. La protagonista, es obvio, se llama María. ¡Pa’ qué te voy a contar más!.

Ha pasado media hora y la mema, ignorando en que lío está metiendose, recibe en su casa con fervor y con los brazos abiertos al psicópata “Quédate para la cena que estoy haciendo unas lentejas…” “¿Por qué no vienes a las bodas de diamante de mi tía abuela?” “Anda, lleva a mi hija de seis años a la catequesis”. Mientras tanto los indicios aterradores  van multiplicándose: al pasar el maníaco el cactus pierde las espinas, el gato persa empieza a ladrar, el reloj de péndulo se para y las alfombras vuelan. A los noventa minutos descubren a la asistenta del hogar estrangulada y con las bragas a jirones. La desventurada, al exhalar el último estertor, ha pronunciado una sílaba: ERN. Fíjense que el maníaco se llama Ernesto. No hay nada que hacer. Todo el mundo cree que la víctima se ha muerto por un ataque de hernia. La única que ha captado la ilusión y que posee por lo menos una miaja de cerebro es Priscila, la prima por parte de madre, que por desgracia es muda.

Al mismo tiempo la heroína, en lugar de liberar sus neuronas de las telarañas, se muda a un chalé aislado en el bosque, con las paredes de cristal y las puertas sin cerradura. Mientras tanto el maníaco no pierde tiempo. Está muy ocupado ahorcando al cócker del columpio, cocinando los canarios con las gachas y colgando a la suegra del pararrayos. Llegados a este punto la protagonista tiene una ligera corazonada. Algo no cuadra. ¿Y a quién le confiesa sus sospechas? Al asesino por supuesto. ¿Y qué lugar elige? Suele ser el borde del precipicio, el último piso de un rascacielos sin barandilla o la orilla de un río infestado de pirañas. Lo fundamental es que por algún sitio haya, por lo menos, un hacha. Si no, no vale la pena.

Original: http://arkadian.myblog.it/archive/2007/10/06/l-eroina-dell-orrore.html

VUELOS DE ALTO RIESGO

Moscú-Yakutsk, vuelo Aeroflot

Los que afirman que la soviética Aeroflot es una compañía aérea antidiluviana no se ha enterado de nada. La verdad es otra: volar con  Aeroflot signifíca empezar la adventura ya desde el momento de la facturación, y no a la llegada, como en cambio pasa con las Swissair y las Lufthansa de este mundo. Volar con Aeroflot signifíca estudiar la URSS por los aires, tan interesante como la URSS a tierra. La compañía soviética debería cobrar un suplemento por esto, y no avergonzarse de las azafatas gorditas, la moqueta deshilachada, en las que siempre parece que un grupo de kirguizes haya acabado de dar una bacanal.

Tomamos este vuelo hasta Yakutsk, capital de la inmensa República de Yakutia, tierra de diamantes en la Siberia nororiental. Siete horas de vuelo y seis husos horarios desde Moscú. Para el viajero acostumbrado a la banalidad de los aeropuertos de Zúrich y Fráncfort, ya sólo el aeropuerto moscovita de Domodédovo -que cubre el Extremo Oriente y el Asia Central- merece un viaje. Buriatos, turkmenos, uzbekos y kazajos están por todos lados y arrastran hijos y mercancías. Los mostradores de la facturación son un espejismo lejano; los horarios de salida son sólo una opinión. Parece imposible que a las 19:45 un viejo Tupolev deje este jaleo para dirigirse hasta las Estepas Siberianas. Sin embargo, tarde o temprano es destino que se pase el milagro.

Hemos llegado a los piés de la escalerilla arrastrando las maletas por la pista, lo que nos ha puesto de buen humor por dos razones: antes de nada porqué no las hemos entregado en la facturación, donde probablemente de una nueva Samsonite no habrían quedado más  que las ruedas, y segundo porqué estamos en verano y la operación sólo cuesta un poco de sudor. Algunas fotos muestran los pasajeros que hacen lo mismo en Enero, y su aspecto es verdaderamente espeluznante.

Nada más subir al avión queda inmediatamente claro que la Aeroflot tiene un estilo que las compañías occidentales ni por asomo se pueden imaginar. Antes de nada, en la cabina de los pasajeros se insufla oxígeno que forma una niebla densa, a través de la que movemos como almas en espera de subir en la barca de Caronte. Algunos tienen el asiento reservado, otros no. Los dos grupos chocan vortiginosamente, gritan pozhalujsta (¡por favor!) e izvinite (¡perdone!). Las azafatas, gorditas y con unos cuantos años, observan sin sonreir y dando muestras de que las están molestando. Si tenían que ir a Siberia, está claro, preferirían hacerlo solas.

Mientras el avión avanza por la pista, la situacción parece normalizarse. Los pasajeros, acurrucados en los asientos en la única clase miran con envidia las tres primeras filas de asientos que han quedado libres. Alguien pide explicaciones y le contestan que tienen que estar libres por razones de zentrovka (equilibrio del avión), y no por eventuales nomenklaturistas de última hora. Los miembros de un complejo rock moscovita dirigidos a Yakutsk no se lo pueden creer: se lanzan al abordaje y ocupan los asientos. La jefa de azafatas no se descompone. Tienen treinta segundos para levantarse, declara con voz calma, si no les tiro del avión. Como ya hemos despegado, los músicos rock piensan que es mejor retroceder.

Después de algunas horas, mientras sobrevolamos el río Ob, llegan los primeros aromas de la comida. Falsa alarma: la comida existe, pero es para los pilotos. Otros aromas llegan poco antes del gigantesco río Yenisei: ahora son las azafatas, que no se les vee el pelo desde hace tiempo, que comen y se ríen escondidas detrás de una cortina. Llega la comida sólo cuando los pasajeros empiezan a adormetarse y se han resignado al ayunar: un pálido muslo de pollo (“Pollos de la granja Aeroflot”, murmura alguien), con agua y limón. Pedir por una cerveza es posible; obtenerla, por supuesto que no.

En las horas siguientes, mientras el avión atraviesa la “noche blanca” soviética, las azafatas piensan que es mejor no molestar a los pasajeros y permanecen en sus misteriosos refugios. Cuando pido cuál es la ruta, el piloto, amablemente, me manda un mapa escolar pegado con papel celo, donde el viaje està trazado con un rotulador. Algunos atrevidos pasan su tiempo examinando las grietas entre la moqueta y el fuselaje, donde durante los años se han acumulado interesantes presencias botánicas.

La llegada es una fiesta. No solamente porqué se anuncia próxima, sino porqué la madrugada siberiana es luminosa y espléndida, y el avión sobrevuela el río Lena color plomizo, la taiga verde esmeralda y las casas blancas. La jefa de azafatas, satisfecha de la conducta de los pasajeros, cede a una sonrisa.  Aunque no se lo han merecido, dicen sus ojos metálicos, les hemos traído hasta aquí.

Después de haber atravesado seis husos horarios, cuatro grandes ríos y seismil quilómetros de Siberia, el viejo Tupolev aterriza en Yakutsk.

Pequín-Catón, vuelo XO 9113

Tomar un avión en la nueva China social-capitalista es una cuestión de resistencia, de confianza y sobretodo de imaginación. Por ejemplo, no es facil entender porqué volamos desde Pequín, que está en el norte, hasta Cantón, que está en el sur, con las lineas aéreas del Sinkiang, que además de tener un nombre preocupante se encuentra en el extremo oeste del país. Es aún más difícil explicar porqué en los aviones de la compañía Sinkian Airlines el nombre Aeroflot está escrito en cirílico, la tripulación es rusa y vende muñecas rusas a los pasajeros.

Pero es mejor ir con orden, aunque la pabra “orden” no es la más apropiada a esta circunstancia. En China la euforia del vuelo empieza mucho más antes del despegue. Enseguida, en efecto, hay que enfrentarse con tres obstáculos. Primero, no existen reservas: para un asiento es necesario comprar el billete. Segundo, no se puede comprar un billete de ida y vuelta: la vuelta (si vas a volver) se la compra a la llegada. Tercero, es imposible establecer una ruta: si al ir desde Pequín hasta Cantón quieren pararse un día en Suzhou, se corre el peligro de pasar ahí una semana.

La compra del billete, -cuando ocurre- es el inicio de una sutil guerra psicológica entre la aviación civil china y el pasajero extranjero. Antes de nada, en el seguro obligatorio, al punto 13, hay la expresión “huesos rotos echos pedazitos”. En segundo lugar, la compañía aérea de bandera Caac (Civil Aviation Administration of China) -rebautizada por algún malpensado China Airways Almost Crashes (las lineas aéreas chinas por poco no se estrellan)-  no ofrece, en ningún caso, la seguridad de sus vuelos. Además de los accidentes -tres en los últimos meses- hay leyendas, como la de los pasajeros obligados a desembarcar bajando por una escalerilla de cuerda y otra, contada por un irresponsable manual de viaje: el piloto y el copiloto intentan cerrar la puerta corredera que los separa de la cabina de pasajeros. No lo logran desde dentro y lo intentan desde fuera. La puerta se cierra inmendiatamente y se atasca. Los dos quedan afuera pero no se desaniman: toman un hacha y, frente a los pasajeros atónitos, se abren una vía hacia la cabina.

Con el billete en la mano y estas adventuras en mi cabeza, espero confiado el vuelo XO 9113 delante la puerta de embarque número 20. Al anunciar el embarque, los pasajeros chinos se lanzan a su deporte preferido: entrar todos juntos, abriendose paso a codazos y empujando como poseídos por el demonio (se entrenan cada día en los autobuses y en los aeropuertos se presentan de forma brillante). Sigue otro anuncio: la horda se gira con un alarido, parte hacia la puerta de embarque número 19 y vuelve a pegarse (el anuncio està en chino: quien juega en casa se merece una ventaja).

Una vez en el avión, todo se tranquiliza. Nadie parece mínimamente maravillado de estar en China, en un avión ex soviético, con una tripulación rusa y uzbeka, un billete en el bolsillo de la compañía Xinjiang Airlines, la cajita de la comida de Air China y una comunicación de la China Southern Airlines. La tripulación conserva una digna reserva, evitando también de señalar las salidas de emergencia y quizás pensando que dar explicaciones en ruso a trescientos chinos y a un italiano sea una pérdida de tiempo.

Durante el vuelo, los chinos se agitan en los asientos, se encojen, se desperezan, se llaman unos a otros a cinco filas de distancia y hacen algunas cosas muy raras, como intentar de pasar al asiento de delante sin desabrocharse el cinturón de seguridad. Nada más aterrizar, ninguna fuerza humana puede sujetarlos: mientras el túpolev se dirige hacia la terminal ellos se levantan de un salto, caen, abren los armarios tirondose encima todo lo que hay dentro, salen pitando hacia los autobuses, se lanzan al galope por los pasillos y por último se paran creando un muro alrededor de la cinta de los equipajes, comentando la forma de todas las maletas que van saliendo. Aunque Napoleón Bonaparte nunca había subido a un avión por estos lugares, lo había entendido todo y había dicho: “China es un gigante que duerme”. “Dejémoslo que duerma, porque cuando despierte conmocionará al mundo entero”.

Original: http://books.google.it/books?id=p727ZWFCh38C&pg=PT123&lpg=PT123&dq=chi+sostiene+che+la+sovietica+aeroflot+sia+una+compagnia+aerea+antidiluviana&source=bl&ots=9t_CUrk0Yy&sig=YA1kb6OGpcyv9Y4y6CvIWgvbO7E&hl=en&sa=X&ei=O-RaUPfRDorFswbk84DADw&redir_esc=y#v=onepage&q=chi%20sostiene%20che%20la%20sovietica%20aeroflot%20sia%20una%20compagnia%20aerea%20antidiluviana&f=false

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